Así vivió Don ‘Pepe’ Sierra, el hombre más rico de Colombia en el siglo XIX

0
658

El hombre que hoy recordamos por el nombre que lleva la avenida 116 de Bogotá, nació en Girardota. Estas anécdotas reviven la historia del ilustre campesino.

José María Sierra Sierra (Girardota, Provincia de Antioquia, República de la Nueva Granada, 18 de diciembre de 1846-Medellín, Colombia, 7 de marzo de 1921) conocido como “Pepe” Sierra, fue un empresario colombiano.

Juan de Dios Cadavid y Martín Castrillón son compañeros inseparables, como la crónica y las fechas, las anécdotas y la risa o la historia y la necesidad de contarla. Una tarde de noviembre, luego de preguntarles quién fue ‘Pepe’ Sierra, esa necesidad afloró. Respondieron con naturalidad, como si hablaran de un viejo conocido.

Fue el segundo de una familia campesina de 12 hermanos. La educación del futuro empresario no pasó de los primeros años de educación primaria. Según su nieto y biógrafo, Bernardo Jaramillo Sierra (Medellín: Bedout, 1947), inició la acumulación de fortuna en la juventud, trabajando en el campo en la cría de ganado, siembra de caña y fabricación de panela. Luego, la consolidó en la madurez con el remate de las rentas y finalmente la invirtió en bienes raíces.

Don Juan y Martín se entusiasman narrando la historia del más ilustre de los girardotanos, un negociante que incluso apeló a la actuación, pues engañaba a quienes les vendía tierras haciéndoles creer que no valían tanto. Con astucia y trabajo llegó a convertirse en el hombre más rico del país y, de paso, en referente de la pujanza que enorgullece a los antioqueños.

Tumba de Pepe Sierra y la Señora Zoraida de Sierra

Las historias de Pepe las recogen don Juan y Martín en el Centro de Historia de Girardota, que fundaron hace 23 años para “conocer mejor el pasado del pueblo y saber quiénes somos”. También a ellos les contaron alguna vez sobre el campesino millonario, y ahora son ellos quienes cuentan lo que no registran los libros. En la sala de la casa de Juan de Dios, Martín insiste en que esta historia debería ser relatada con detalle, y empieza recitando un árbol genealógico de la familia Sierra que se remonta atrás, casi ocho generaciones y que termina así: “…y del matrimonio entre Evaristo Sierra y Gabriela Sierra nace en 1848 José María Sierra Sierra, el segundo entre diez hijos”.

Desde pequeño, José María fue muy astuto. El gusto por la tierra quizá lo heredó de su padre, Evaristo, quien tenía terrenos en lo que hoy es el Valle de Aburrá y un día quiso repartir 20 parcelas entre sus siete hijos varones. Ese fue el día en que su joven hijo Pepe empezó a trabajar la tierra, a aprovecharla.

–Él era muy inteligente y trabajador, difícil encontrar esas virtudes en alguien–cuenta Martín.

–Cuando tenía 15 o 16 años su parcela ya era productiva– le contesta Juan.

–Sí, claro, él ya molía caña, producía panela, la vendía. Además jugaba billar y siempre ganaba. Con esa platica les compró las tierras a todos los hermanos.

A los 22 años, Pepe se casó con Zoraida Cadavid Sierra, una niña de 14 años que había sido adoptada por sus padrinos de bautizo. Su mamá era Egidia Sierra, tía de Pepe.

–Creció en la inteligencia –dice el uno.

–Cuentan que era muy bonita –responde el otro.

Los Sierra Cadavid fueron a vivir como marido y mujer con los papás de Zoraida. Pepe se ofreció entonces a administrar el trapiche de su suegro; con el paso de los años, lo convertiría en uno de los más modernos de Antioquia.

Dicen que cuando todos dormían, el joven campesino planificaba su jornada y se iba a los otros pueblos a vender. Poco a poco, sus negocios en Girardota y sus alrededores tomaron vigor, florecieron tanto que llegaron hasta el Valle del Cauca. En medio de esa prosperidad, sus hermanos Lorenzo y Apolinar se convirtieron en administradores de sus negocios.

A los catorce años tuvo su primera parcela en el departamento de Caldas, cerca a Manizales, la cual araba de día y en las noches de luna. Simultánemente, trabajaba como arriero y transportaba y vendía la panela que producía y aprovechaba para traer la papa que cultivaban otros agricultores. A los veinte años contrajo matrimonio con su prima Zoraida Cadavid Sierra y a los veintiocho tenía en su haber varios hijos fuera del matrimonio y cuatro legítimos, muchas haciendas que se extendían entre Itagüí y Barbosa (Antioquia), además del control de los precios de la panela y de la vara de tierra en el Valle de Aburrá.

En 1886 pasó a residir en Medellín. Allí fundó varias sociedades como “La Cuarta Compañía”, dedicada a la cría de ganado y a la siembra de extensos cañaverales para abastecer de melaza a sus fábricas de aguardiente, ya prósperas en todo el departamento.

–Dicen que Lorenzo era incluso mucho mejor trabajador que Pepe, que no solo trabajaba, sino que hacía trabajar –recuerda Martín.

Y de Apolinar también hay anécdotas, que cuenta Juan de Dios entre risas:

–Apolinar administraba las haciendas del Valle del Cauca. Dicen que un día Pepe estaba por allá, paseando, y que le preguntó: “Oíste, hombre, ¿de quién será esa finca tan bonita?, ¿será que no la venderán?”. Y le respondió Apolinar: “Pues de quién va a ser, hombre, y cómo la van a vender si la finca es tuya”.

Pepe veía el potencial del potencial, así que un día ya no solo produjo panela, sino que además empezó a fabricar licor. “Él se las ingenia con el gobierno departamental para hacer aguardiente. Motiva a los alcaldes municipales a celebrar fiestas para luego vender su licor. En su fábrica trabajaron mi abuelo y mi papá”, recuerda Martín, pensionado del Ministerio de Justicia.

Entre sus negocios, por supuesto, estuvo también la ganadería. “Eso sí, todo era blanco orejinegro, si usted tenía uno de esas características, se lo compraba o lo robaba, lo que fuera, pero era exclusivo de él, con eso, si alguien tenía de esas vacas, él ya sabía”, aseguraJuan de Dios, presidente del Centro de Historia de Girardota y aficionado a la fotografía.

¿Montañero?

Con la experiencia, el campesino del decir y el hacer ratificó que diversificar los negocios era esencial; la tierra, una mina de oro, y el ahorro, una fuente de vida. Era modesto. No le apasionaba gastar, prefería invertir, aunque muchos dudaran de sus decisiones. “¿Va a comprar esa tierra? ¡Este sí es montañero!”, cuentan los historiadores que le dijeron a Sierra después de adquirir predios de aparente poco valor en Medellín y Bogotá. Por ejemplo, el terreno donde hoy queda el Museo El Chicó.

–Chicó era una finca muy cienagosa, ¿cierto, Martín?

–Sí, sí, y Pepe dijo: “Yo la compro”, y le decían: “¿Para qué? Eso tan lejos del centro no sirve de nada”. Eran solo nueve kilómetros de distancia, pero él se dio cuenta de que por ahí algún día pasaría la carrera Séptima y hoy es uno de los sectores más costosos de Bogotá.

¿Cómo estimulaba a la gente para comprarles? El decía: “No… no… no me interesa, eso no deja”, pero con el fin de que los vendedores se sintieran mal, hasta que en un momento volvía y decía: “¿Cuánto pide por ese berriadero?”, y lo adquiría ‘guirriado’ muy barato, y así se quedaba con las fincas.

–Entonces todos comentaban, “este sí es bobo”, la gente pensaba que le estaban dando por la cabeza a ese montañero, pero resulta que era al contrario.

El primer viaje a Bogotá lo realizó en 1888. Fue el principio de una residencia de 26 años en la capital del país, donde se inició como apostador y criador de gallos de pelea en los bajos fondos de la ciudad, desplazándose después a las zonas bancarias y de residencia de personas opulentas. Hizo casar a su hija Clara Sierra Cadavid con un hijo del expresidente colombiano Rafael Reyes Prieto, lo que llevó a visitar con frecuencia el Palacio de San Carlos. Rápidamente se convenció de ser el único capaz de sacar de apuros a los gobiernos empobrecidos de su época. Los presidentes Rafael Núñez Moledo, Miguel Antonio Caro Tobar, Carlos Holguín Mallarino, Jorge Holguín Mallarino, José Manuel Marroquín Ricaurte, Rafael Reyes Prieto, Ramón González Valencia y Carlos Eugenio Restrepo Restrepo estuvieron en su lista de clientes.

Inició sus negocios en Bogotá con el remate de la renta del beneficio de ganado y el cuero proveniente de Cundinamarca, pero luego se sintió con derecho de monopolizar las rentas. Sierra aprovechó la coyuntura económica de su época, caracterizada por la permanente crisis que al fisco nacional produjeron las rebeliones internas. Durante la época del movimiento denominado Regeneración, el problema se agudizó. El entonces presidente, Rafael Núñez intentó solventar las finanzas públicas a través de la reactivación del remate y monopolios estatales, de abundante emisión de papel moneda de curso forzoso y de la colocación de bonos y libranzas en el mercado.

Los denominados remates eran el medio para procurarse anticipos de individuos particulares. Estos generalmente eran muy solventes, dado que se les exigían garantías económicas (hipotecas, fianzas, depósitos monetarios anticipados) a cambio del privilegio de gozar de las seguras utilidades producidas por tales monopolios. Rápidamente José María Sierra se convirtió en el más fuerte rematador y prestamista a nivel nacional, con base en un simple sistema administrativo de negocios, pero con una intrincada red de agentes diseminada por todo el país, encargados de negociar la adjudicación de las rentas.

A los 37 o 40 años, Pepe Sierra ya era considerado el hombre más rico de Colombia. Su fortuna, incluso, lo convertía en el mayor prestamista del Estado.

En Bogotá, Pepe Sierra alcanzó el máximo prestigio. Vivía muy cerca de la Casa de Nariño y sus diez hijos terminaron casados con algunos de los personajes más influyentes de la época. Con el tiempo, varios se marcharon a Europa, a donde también se fue Zoraida, su esposa.

Extendió el negocio de la fabricación del aguardiente al Valle del Cauca junto con su primo Apolinar Sierra Sierra. En la hacienda San José de Palmira y en otras de Cali y Yumbo, creó uno de los imperios agroindustriales de la región. También en el Cauca remató la hacienda “Salento” y otros bienes del empresario italiano Ernesto Cerruti, puestos en subasta por el gobierno de Popayán, lo que dio origen al denominado “Conflicto Cerruti” durante la década de 1880 a 1890, y que trajo como consecuencia el bloqueo de la costa norte colombiana por parte de la armada de Italia y una fuerte multa para resarcir los perjuicios al mencionado empresario.

Considerado posteriormente el hombre más rico de Colombia, vivía de manera austera, cosa que no cambió al acceder a las altas esferas bogotanas, y no aumentó los gastos de representación social de su familia. Sierra también fue empresario financista de la última etapa de la construcción de ferrocarriles en Colombia. A él se debió la terminación del Ferrocarril de Amagá y parte del Ferrocarril del Pacífico, en el cual fue socio de Nemesio Camacho y de su amigo Félix Salazar. Se inició como banquero estableciendo el “Banco de Sucre” y el “Banco Central”, además de la Compañía del Hielo en Panamá. Sin embargo, fracasó en estos empeños empresariales.

Una serie de hechos que incluyeron el despilfarro de dinero de sus hijos, la decepción ante inversiones fallidas y un accidente en un coche tirado por caballos, fueron determinantes para que el espíritu emprendedor del antioqueño comenzara a apagarse como la luz de las habitaciones de su casa en Medellín. “A él le fastidiaba, le daban crisis nerviosas”.

–Viste, Juan, él murió y a los 40 días se fue su esposa, pero ya ni siquiera estaban juntos, ella vivía en París –puntualiza Juan de Dios.

José María Sierra Sierra murió el 7 de abril de 1921 luego de alcanzar una enorme fortuna. En Girardota, donde aún vive su recuerdo, dicen que fue ingenioso, avaro, tranquilo y hasta ‘cositero’. Lo cierto es que es un referente entre su gente, y sus vivencias, como sucede entre Martín y Juan de Dios, siguen siendo motivo de conversación.