50 Dormitorios para millonarios o mentes creativas!

Conozca hoy algunos dormitorios de lujo o muy creativos. Un tercio de la historia de la humanidad jamás se ha escrito, puesto que es el resultado de sumar las ocho horas diarias que reyes, reinas y pueblo llano han pasado en la cama a lo largo de sus vidas. Es como si entre darse las buenas noches y sentarse para desayunar la humanidad dejara de existir.

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Sin embargo, en aquellas horas ignoradas, y aparentemente perdidas, el hombre fue concebido y nació, procreó futuras generaciones y murió. Aventurarse en el dormitorio es como entrar en un reino con sus costumbres propias, su lenguaje, sus incidentes y su actividad erótica.

La primera habitación específica y exclusivamente destinada a dormitorio la hallamos en los palacios reales de Sumer hacia 3500 a.C. Un hecho significativo en esta época es que generalmente sólo había un dormitorio por vivienda cualquiera que fuera el tamaño de ésta y el número de sus habitantes. El cabeza de familia ocupaba el dormitorio y su cama, mientras que su esposa, hijos, servidumbre e invitados descansaban esparcidos por la casa, en yacijas o simplemente en el suelo. Había almohadas para todos, pero eran unos soportes duros y curvados de madera, marfil o alabastro, cuya finalidad principal consistía en proteger el peinado a lo largo de la noche.

Los egipcios dormían con mayores comodidades, si bien sus almohadas no eran más blandas. En el cuarto milenio a.C., había en los palacios un «dormitorio del amo», generalmente provisto de una cama con baldaquín, y rodeado por estrechos “aposentos” para la esposa y los hijos, todos ellos provistos de camas de menor tamaño.

Los mejores dormitorios egipcios poseían paredes de doble grueso y una tarima para la cama, a fin de aislar al durmiente del fresco de la medianoche, del calor del mediodía y de las corrientes de aire a ras del suelo. En la mayor parte del mundo antiguo, las camas servían para dormir por la noche, para reclinarse en ellas durante el día y para tenderse mientras se comía.

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Muchos de los lechos egipcios poseían toldos y cortinas, a fin de protegerse contra la molestia nocturna de los mosquitos. A lo largo del Nilo, estos insectos eran una plaga tan persistente que incluso los miembros del pueblo llano dormían bajo mosquiteras o envueltos en ellas. Herodoto, considerado como el “padre de la historia”, viajó por todo el mundo antiguo estudiando los pueblos y sus costumbres, y describe Egipto infestado por los mosquitos:

“En ciertas partes de Egipto, por encima de los pantanos, los habitantes pasan la noche en altas torres, ya que los mosquitos no vuelan más allá de una determinada altura, a causa del viento. En terreno pantanoso, donde no hay torres, todo hombre posee una red de malla. De día, le sirve para pescar, y de noche la extiende sobre la cama y se introduce debajo de ella. Si se envuelve en sus ropas o en una pieza de muselina, seguro que los mosquitos picarán a través de esta cubierta, pero ni siquiera intentan atravesar la red.»

Los antiguos griegos daban al mosquito el nombre de konops, y los romanos adoptaron la mosquitera griega y latinizaron la palabra konops transformándola en conopeum, de donde procede el vocablo “canapé”.

En tanto que los egipcios poseían grandes dormitorios y buenas camas, los griegos, alrededor del año 600 a.C., llevaban una vida doméstica más austera, que se reflejaba en la simplicidad de sus dormitorios. El dormitorio típico de un griego acomodado contenía una cama sencilla de madera o de mimbre, un baúl para sus pertenencias más valiosas y una silla corriente. Muchos hogares espartanos carecían por completo de dormitorio, puesto que los maridos, a causa de sus obligaciones militares, se veían separados de sus esposas durante una década como mínimo. A los veinte años, el joven espartano ingresaba en un campamento militar, donde debía dormir. Si estaba casado, podía visitar brevemente a su esposa después de cenar, pero no dormir en casa hasta haber cumplido los treinta años, edad a la que se le consideraba ciudadano griego con plenitud de derechos.

Los dormitorios romanos eran poco menos austeros que los griegos, y se llamaban cubicula (de donde procede nuestra palabra “cubículo”). El dormitorio era más bien un armario que una habitación, y quedaba aislado por una cortina o una puerta. Estos cubículos rodeaban el patio central de la casa o del palacio y contenían una silla, un orinal y una sencilla cama de madera, generalmente de roble o cedro. Los colchones eran de paja, juncos, lana, plumas o plumón de cisne, según las posibilidades de cada persona. Las mosquiteras eran un artículo corriente.

Aunque algunas camas romanas estaban adornadas con tallas de madera y se equipaban con ropas de alto precio, de lino y de seda, en su mayoría eran simplemente utilitarias y reflejaban la ética romana de la época. Al levantarse, hombres y mujeres no se bañaban, porque generalmente lo hacían al mediodía, en sus casas y en establecimientos públicos. El desayuno consistía simplemente en un vaso de agua. Vestirse significaba ponerse una toga sobre unas prendas interiores que servían también como ropa de noche, ya que los romanos se enorgullecían de comenzar su jornada de trabajo inmediatamente después de abandonar la cama. El emperador Vespasiano, por ejemplo, que dirigió la conquista de Britania y la construcción del Coliseo, se jactaba de estar preparado para iniciar sus deberes imperiales, sin ayuda de sus sirvientes, al cabo de treinta segundos de despertar.

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COLCHÓN DE MUELLES, fines del siglo XVIII, Inglaterra

Hubo un tiempo en que los colchones, por los insectos que pululaban en su interior y el moho que los invadía, representaban una pesadilla más abominable que los peores sueños de un durmiente. La paja, las hojas, las agujas de pino y los juncos, todos ellos rellenos de origen orgánico se pudrían y alojaban una cantidad impresionante de chinches y pulgas. Numerosos relatos medievales hablan de ratones y ratas que, junto con los bichos que les servían de alimento, se alojaban en aquellos colchones que no eran regularmente secados y renovados. En el siglo XV, Leonardo da Vinci se quejaba de haber tenido que pasar la noche “sobre los despojos de criaturas muertas” en casa de un amigo suyo. Los médicos recomendaban añadir al relleno de los colchones sustancias que repelieran a los animales, por ejemplo el ajo.

Hasta que se implantó el uso de los muelles y de los rellenos inorgánicos para los colchones, la búsqueda de un colchón cómodo y libre de parásitos fue interminable. De hecho, como ya hemos visto, una de las razones para “hacerse la cama” cada día era la necesidad de airear y secar el relleno del colchón.

Entre los tiempos de Vinci y la aparición del colchón de muelles en el siglo XVIII, se realizaron numerosos intentos para conseguir un lecho cómodo que permitiera pasar una noche sin sufrir las picaduras de los insectos. Uno de los más notables fue el colchón de aire francés del siglo XVI. Conocido como “lecho de viento”, este colchón se fabricó con una lona encerada y estaba equipado con válvulas de aire que permitían inflado con la boca o con la ayuda de una bomba mecánica. Fruto del ingenio del tapicero William Dujardin, el primer colchón de aire de la historia disfrutó de una breve popularidad entre los nobles franceses de aquel periodo, pero las grietas que se formaban a causa de su uso y abuso reducían notablemente su duración. En el siglo XVII tuvieron cierta popularidad en Londres los colchones de aire, y en la obra de Ben Johnson El alquimista”, escrita en el año 1610, un personaje expone su preferencia por el aire en vez de la paja, al declarar: “Tendré todas mis camas infladas, en vez de rellenas.”

A principios del siglo XVII empezaron a aparecer patentes británicas referentes a muelles, tanto aplicados al mobiliario como a los asientos de los carruajes. Al principio, estos muelles eran incómodos. Al ser perfectamente cilíndricos, en vez de cónicos, al sentarse sobre ellos los muelles se deslizaban hacia un lado en lugar de comprimirse verticalmente, o bien se abatían por completo. Y, dadas las deficiencias de la metalurgia de la época, con frecuencia estos muelles se disparaban, atravesando peligrosamente el almohadillado.

Se trabajó también en los colchones de muelles, pero éstos presentaban unos complicados problemas técnicos, ya que un cuerpo reclinado ofrece diversas compresiones a lo largo del mismo. Por ejemplo, los muelles suficientemente robustos para soportar las caderas no cedían bajo el peso de la cabeza, en tanto que el muelle sensible al peso de ésta quedaba aplastado bajo el peso de la parte media del cuerpo.

A mediados de la década de 1850, empezó a aparecer el muelle cónico interior para los asientos de los muebles. En un periódico londinense de 1870 se publicó una nota acerca del descanso sobre muelles interiores cónicos: “Por extraño que parezca, los muelles pueden utilizarse como excelente base donde dormir, aplicando tan sólo una manta doblada sobre los alambres.” Y el artículo del periódico destacaba la comodidad de estos muebles: “La superficie es tan sensitiva como el agua, ya que cede a la menor presión y recobra su forma apenas el cuerpo se retira.”

Los primeros colchones de muelles, fabricados artesanalmente, eran muy caros. Uno de los primeros patentados en América resultaba demasiado costoso para suscitar el interés de cualquier fabricante de mobiliario en el país. Durante largos años, estos colchones de muelles se utilizaron principalmente en los hoteles de lujo y trasatlánticos como el Mauretania, elLusitania y el Tilanic. Todavía en el año 1925, cuando el fabricante norteamericano Zalmon Simmons concibió su colchón “Beautyrest”, su precio de 39,50 dólares era más del doble de lo que sus compatriotas pagaban por los mejores colchones de pelo animal.

No obstante, Simmons decidió astutamente no vender tan sólo un colchón, sino vender sueño… y además un “sueño científico”. Los anuncios del Beautyrest citaban a los grandes genios creativos de la época, como Thomas EdisonHenry FordH. G. Wells Guglielmo Marconi. La empresa promovía el “sueño científico” informando al público acerca de los últimos hallazgos en el campo, relativamente nuevo, de la investigación sobre el sueño: “Las personas no duermen como troncos; se mueven y dan vueltas de veintidós a cuarenta y cinco veces en una noche, a fin de descansar una serie de músculos y después otra.”

Apoyándose en el testimonio de algunos de los genios más creativos de la época, que afirmaban haber gozado de un sueño reparador durante la noche, no es sorprendente que en el año 1929 el Beautyrest, el primer colchón de muelles popular en el país, registrara unas ventas anuales de nueve millones de dólares. Los colchones rellenos empezaron a ser desechados con una rapidez superior a la de los traperos al recogerlos.

 

Author: por Dineroclub

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