Bután: El Reino donde la Felicidad es Riqueza @alvarodabril

Conoceremos en www.dineroclub.net un país que parece sacado de un cuento. Al final del artículo encontrará espectaculares imágenes de ese reino. En Bután, una pequeña y montañosa nación budista del sur de Asia, localizada en la cordillera del Himalaya entre India y China, con unos 2 millones de habitantes, la felicidad es la riqueza que se mide. En efecto, se trata de un país, en donde la riqueza no es medida por las pertenencias o el oro que una persona pueda tener, sino más bien por el grado de felicidad de la misma.

Jigme Singye Wangchuck, su cuarto rey convirtió el año pasado (2008) a Bután en la democracia más joven del mundo. Este rey, educado en el Reino Unido, vive solo en una cabaña modesta. Cuando la gente se ofreció a construirle un castillo dijo que no, que emplearan el dinero y el tiempo en levantar escuelas y hospitales. Es compasivo, sabio, afirma que lo sacrificaría todo por su pueblo. No sólo eso, estambién un visionario si se tiene en cuenta que acuñó, hace 35 años, un término que hoy, en este escenario del poscomunismo y del poscapitalismo salvaje, constituye el centro de uno de los debates más interesantes que se están produciendo en el pensamiento económico mundial. Un debate al que se han apuntado premios Nobel como Joseph E. Stiglitz o Amartya Sen y líderes occidentales como Nicolas Sarkozy o Gordon Brown.

El 2 de junio de 1974, en su discurso de coronación, Jigme Singye Wangchuck dijo: “La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto“. Tenía 18 años y se convertía, tras la repentina muerte de su padre, en el monarca más joven del mundo.

No fue un mero eslogan. Desde aquel día, la filosofía de la felicidad interior bruta (FIB) ha guiado la política de Bután y su modelo de desarrollo. La idea es que el modo de medir el progreso no debe basarse estrictamente en el flujo de dinero. El verdadero desarrollo de una sociedad, defienden, tiene lugar cuando los avances en lo material y en lo espiritual se complementan y se refuerzan uno a otro. Cada paso de una sociedad debe valorarse en función no sólo de su rendimiento económico, sino de si conduce o no a la felicidad.

Bután ha sido el primer país del mundo que prohíbe totalmente la venta de tabaco y donde toda actividad en ese sentido es sancionada. En Bután no está permitido fumar en público en ningún lugar del país. En Bután, todas las personas que sean sorprendidas vendiendo tabaco deben pagar una multa de 225 dólares.

El actual Rey, hijo del Monarca que transformó Bután

El actual Rey, hijo del Monarca que transformó Bután

De hecho, en este país, el Producto Interno Bruto (PIB) que se maneja en todos los países de manera internacional, es reemplazado por la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Y es que hace varios años, el rey de Bhután, Jigme Singye Wangchuck, comenzó a aplicar esta idea que ya está en funcionamiento, y de la cual han creado una comisión nacional para cuantificar la Felicidad Bruta del País.

“Yo soy feliz cuando estoy con mi familia”, asegura Sangayom, de 74 años, madre de siete hijos, mientras juega con su gato en el suelo de la cocina de su casa. En Bután, a diferencia del resto de los países del Sudeste Asiático, la mujer es quien hereda el título de las propiedades de la familia y quien las gestiona. La casa de Sangayom, situada en la localidad de Gangtey, es la típica granja butanesa, presidida por una enorme cocina, en la que el horno únicamente se utiliza en ocasiones especiales.

Traje Típico Butanés

Traje Típico Butanés

 

La habitación más espaciosa se ha transformado en un colorido templo, donde nunca faltan ofrendas de agua y comida que se renuevan a diario. El lugar de rezo venera al nieto de Sangayom, quien, a los cuatro años, fue señalado como la reencarnación de un lama, algo habitual en el budismo, la religión que prolifera en el país. “Para mí es un orgullo”, apunta su madre, Sonam, de 29 años, quien únicamente lo visita una vez al año, cuando se lo permite el cultivo de patatas, el negocio que sustenta a toda la familia. 

El hijo de Sonam es parte del 20% de la población butanesa que vive en un monasterio. Al menos un niño de cada familia estudia para monje, decisión que queda en manos del cabeza de familia. “Cuando mi tío me dijo que tenía que irme al monasterio, me costó aceptarlo –reconoce Pemba, de 31 años, que en aquel entonces contaba 13–. Después me he dado cuenta de que la vida de un monje puede ser muy interesante; aprendes mucho y no hay sufrimiento”.

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 La filosofía y la religión budistas son el alma tanto de los habitantes como del paisaje del país. De talante tranquilo y sin escatimar en sonrisas, es prácticamente imposible escuchar una subida de tono o un insulto de boca de un butanés. La misma paz transmite el ecosistema, donde las vastas montañas, millones de árboles e interminables ríos comparten protagonismo con banderas de rezo de colores, rocas pintadas con imágenes de santos budistas, estupas erguidas en lugares inhóspitos y banderines blancos como homenaje a los muertos. Según la Comisión Nacional de Cultura, el país alberga 2.002 edificios religiosos. Un buen número de estos data del siglo XVII, época en la que Zhabdrung Rinpoche, considerado el unificador del país, convirtió las torres de vigía del territorio en dzongs; fortalezas donde conviven el poder religioso con el administrativo y el judicial, y que todavía hoy siguen en activo.

Bután, el Reino de la Felicidad

Bután, el Reino de la Felicidad

Para entender tanta felicidad y tan peculiar modelo de desarrollo, es necesario conocer las características de este curioso país. Con una población de 700.000 habitantes y una extensión similar a la de Suiza, Bután está situado entre dos superpotencias mundiales: India y China. El visionario cuarto rey asumió rápidamente que su país nunca devendría un ejemplo de potencia económica ni militar, pero supo ver en la identidad butanesa su fuerza y autenticidad, y sobre este pilar trazó su plan.“Empezamos nuestro desarrollo muy tarde –reconoce el ministro de Trabajo–, por lo que teníamos un larguísimo camino por recorrer”. El gobierno construyó la primera carretera en los pasados años 60 y el aeropuerto de una sola pista –que aún hoy es el único– en los 80; se abrió al turismo –con cuentagotas– en los 90 y permitió la entrada de la televisión e internet a las puertas del 2000. Hoy, Timbu debe de ser la única capital del mundo sin semáforos ni vallas publicitarias; está prohibida, en todo el país, la venta de cigarrillos, así como la emisión de canales televisivos como la MTV o los de lucha libre, y tanto los edificios como la vestimenta para ir a trabajar se regulan por ley.

Uno de los Templos Butaneses

Uno de los Templos Butaneses

No obstante, en cuatro décadas, Bután ha logrado lo que otros países consiguen en cientos de años: educación –en inglés–, sanidad y comida asegurada para sus habitantes, electricidad casi totalmente subvencionada, agricultura completamente ecológica, planificación urbanística estrictamente regulada y un turismo de alto valor y poco volumen cuyos ingresos pagan la mayor parte de los impuestos que dejan de pagar sus habitantes. Durante este periodo de despegue, la esperanza de vida de los butaneses ha pasado de 44 a 66 años, y la alfabetización, que únicamente se conseguía en los monasterios o fuera del país, ha llegado al 60%. “Hemos encontrado un modelo que nos funciona por medio de otras vías de desarrollo. Nos hemos fijado en países que han crecido mucho económicamente, pero que se han cargado su propia cultura, sus valores y su entorno natural, para no hacer lo mismo –aclara el ministro Zimba–. La población de estos tiene recursos, pero no es feliz”.

butaneses

NUEVAS PRACTICAS, NUEVOS RESULTADOS

Para lograrlo, desarrollan políticas sostenibles que les permitan lograr los ingresos necesarios para la autosuficiencia. Han impulsado la venta de energía hidráulica a su vecina India, que compra el 60% de la producción del país, y, tras una fuerte inversión del gobierno en nuevas plantas, se espera que se incremente notablemente en los próximos años. No obstante, el cambio climático acecha, y Bután no es una excepción. El caudal de los ríos mengua, por lo que el gobierno no ha puesto todos los huevos en la misma cesta y ha encontrado alternativas. El turismo es su tercera fuente de ingresos y una que, intuye, puede incrementarse, y mucho, gracias a sus vecinos chinos, turistas cada vez más frecuentes en el país.

El Ministerio de Turismo controla a cada una de las personas que aterrizan en Bután. Cualquier visitante –exceptuando los de nacionalidad india– debe haber programado y pagado su viaje con anterioridad, a través de alguna de las agencias del país. Esto incluye el billete de avión –únicamente vuela la aerolínea nacional, Drukair, desde India, Tailandia o Nepal– y la gestión del visado, así como de los permisos de visita. Cada día de estancia tiene una tarifa de 220 dólares que incluye alojamiento, comida, coche con guía, desplazamientos y visitas, que se deben abonar por adelantado.

Este estricto control permite, según el Ministerio de Turismo, prevenir desastres en el desarrollo turístico que tanto daño han provocado en Nepal, y asegura un ingreso en las arcas del Estado que se reinvierte en el país (65 dólares por día y persona).“Esta política es justa para las agencias porque el dinero después se reinvierte en Bután”, apunta Tshering Dhendup, dueño de la agencia de viajes ABC.

En el reino de Bután, conocido también por sus habitantes como DrukYul, o País del Dragón del Trueno, únicamente viven 40 expatriados –excluyendo a la inmigración india, cada vez mayor–, y de estos, sólo uno es español. “La reciente ley que limita a tres años el visado de trabajo no ayuda a que se anime más gente”, explica Jorge Monje, que hace cuatro meses que aterrizó en el país. Dirige uno de los pocos hoteles de lujo –de la cadena Como– que han conseguido instalarse en este reino, para lo que se precisa una contraparte nacional. “Bután tiene un potencial increíble –afirma–, y es muy fácil vivir aquí. A mí me fascinan la naturaleza y la fotografía, por lo que no puedo pedir más”. Aunque no obvia algunas de las dificultades que se encuentra en el día a día: “Los butaneses no tienen nuestro mismo sentido del tiempo; si quedan contigo a una hora, llegarán tarde seguro”, explica riéndose. 

A pesar de poder posicionarse como líderes en otras industrias, como la maderera, puesto que el 72% del territorio está poblado por árboles, el gobierno desestima posibilidades como esta si no encajan con los valores de la FIB. “La filosofía no incumbe sólo a personas, sino también a animales y naturaleza”, apunta el ministro de Trabajo. Desde el gabinete de Medio Ambiente, han creado férreos comités de control para que la deforestación no exceda el 60% del territorio. Los leñadores, so pena de multa, precisan de permisos para talar cada uno de los árboles que derriban.



La misma política protege las plantas que posicionan a Bután como una potencia mundial en plantas medicinales. Entre las especies más protegidas se encuentra el yagtsaguenbub, un híbrido entre vegetal y animal –planta en verano, gusano en invierno– que crece a 4.000 metros de altura. Únicamente los oriundos de la zona están autorizadas a
recogerla, y en cantidades controladas. La planta, que se paga a 10.000 dólares el kilo en China y Tailandia, es muy valorada por sus propiedades afrodisiacas y rejuvenecedoras. “Este es nuestro patrimonio, ¿cómo lo vamos a despreciar?”, exclama el ex primer ministro.

Al igual que la naturaleza, Bután preserva sus tradiciones como un tesoro de valor incalculable. Entre ellas, el deporte nacional: el tiro con arco. Por ejemplo, se celebra un campeonato en medio de la ciudad de Timpu, con la diana a 140 metros de distancia de los arqueros. Los participantes visten el gho, el traje nacional en forma de batín, confeccionado con telas locales, que adornan con el kabney, la bufanda cuyo color sitúa el rango de la persona: blanco para el pueblo, naranja para los ministros y autoridades, y amarillo para el rey. Las mujeres, que animan desde las gradas, llevan el kira, una colorida tela que les envuelve el cuerpo, sujetada en los hombros por broches, que cubren con una chaqueta. Mientras esperan, tanto hombres como mujeres mascan la chuchería nacional: nuez de areca envuelta en una hoja de betel que tiñe de rojo los dientes y tiene un ligero efecto narcotizante. Ofrecerla, especialmente a los ancianos, es un signo de educación, respeto y buen augurio. No obstante, cada vez con más frecuencia, estas tradiciones se ven obligadas a hacer un hueco a la globalización que se cuela a través de la televisión y de la red.

El noveno Neypug Trulku Rinpoche encuentra la respuesta en la filosofía budista: “Si alimentamos el ego, nunca seremos felices. Hemos de trabajar la compasión, el amor incondicional, la bondad y el vacío”. Nadie sabe cuál es el futuro de este reino, pero sí saben cuál es su pasado y cómo se ha construido. Y con esta ancla de tradición y orgullo, se sostienen los cuatro pilares, nueve dominios y 72 indicadores que han conseguido un modelo de desarrollo único. Un patrón difícilmente exportable –aunque el primer ministro británico ha dicho que quiere medir también la felicidad en su país–, pero que trata de sentar las bases para que su pueblo tenga la posibilidad de ser feliz.

Author: por Dineroclub

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