El almacén que guarda las semillas del fin del mundo @alvarodabril

En la superficie terrestre más septentrional del planeta, el último espacio de tierra antes del Polo Norte, se ha construido una ‘caja fuerte’ para salvaguardar las semillas de todas las plantas del planeta. “El objetivo de la bóveda es preservar –durante cientos de años– la mayoría de los principales cultivos alimentarios de la humanidad a través de sus semillas”, explican.

El Svalbard Global Seed Vault (SGSV), es un banco de semillas situado en la isla noruega de Spitsbergen, en el remoto archipiélago ártico de Svalbard. La misión del SGSV es guardar una copia de seguridad de todas las semillas del mundo, en previsión a una posible pérdida de la diversidad a causa de una gran catástrofe planetaria. Los miles de semillas que allí se almacenan son importantes variedades únicas alimentarias africanas y asiáticas, como maíz, arroz, trigo y sorgo, y variedades europeas y americanas.

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El día de su inauguración, en febrero de 2008, se realizaron sus primeros depósitos, entre ellos una colección de semillas de arroz del Instituto Internacional de Investigación del Arroz. Este cereal es probablemente el comestible de cultivo más importante del mundo y de él existen más de 100.000 variedades. “El objetivo de la bóveda es preservar –durante cientos de años– la mayoría de los principales cultivos alimentarios de la humanidad a través de sus semillas. Y estamos muy satisfechos de que los bancos de germoplasma del mundo hayan reconocido el valor de la bóveda para la duplicación segura de sus semillas más importantes”, explica Ola Westengen, coordinador del Nordic Genetic Resource Centre (NGRC), la organización responsable del funcionamiento de la bóveda.

Túneles de frío

El lugar tiene resonancias apocalípticas. Está situado en el interior profundo (150 metros) de una montaña congelada, a 130 metros sobre el nivel del mar, lo que asegura que las instalaciones no se inundarán incluso si los casquetes polares se derritieran. El búnker ha sido construido a prueba de terremotos, radiación, actividad volcánica, tsunamis y otras catástrofes naturales.

Las semillas se mantienen a una temperatura estable de -18 oC (0 grados Farenheit) y, en caso de fallo eléctrico, el permafrost (capa de terreno permanentemente congelada) que lo rodea actuaría como refrigerante natural. En caso de conflicto, existe un tratado internacional que califica y mantiene este territorio como zona desmilitarizada. “El calentamiento global afecta tanto a las zonas polares como a las tropicales –asegura Ola Westengen–. En el norte, el hielo se derrite, y en el sur, baja la producción agrícola. La bóveda de semillas está protegida por el permafrost en un futuro previsible; está ubicada por encima de los peores escenarios de un posible calentamiento. Es la solución, ya que protege la diversidad genética ante una eventual catástrofe, para una posterior adaptación”.

El complejo consta de tres cámaras estancas, de 27 metros de longitud, 6 metros de ancho y 6 metros de alto. En total tiene capacidad para albergar hasta 2.500 millones de semillas procedentes de todo el mundo. “En estos momentos hay 860.000 muestras de semillas enviadas por 61 bancos de germoplasma de todo el mundo. Y en los siete años desde su inauguración, ningún banco de germoplasma de ningún país ha reemplazado sus semillas iniciales”, informa Westengen.

Casi un millón de muestras registradas

‘Svalbard Global Seed Vault’ le cuesta anualmente la Ejecutivo noruego unos 300.000 dólares,en los que colabora también la ‘Global Crop Diversity Trust’, que incluye empresas y fundaciones.

Se espera que a lo largo de los próximos años, la bóveda vaya llenando poco a poco sus estanterías metálicas, hasta albergar 4,5 millones de muestras de todo el planeta (en total, más de 2.000 millones de semillas). Elenorme depósito subterráneo cuenta con más de860.000 muestras provenientes de casi todas las naciones, incluyendo a Irak y Corea del Norte.

Las semillas se guardan en cajas de aluminio cerradas herméticamente que, a su vez, se almacenan en otras cajas de plástico apiladas en estanterías metálicas. Sus accesos gozan de extremas medidas de seguridad: varias puertas blindadas y reforzadas cada una con su propio código, detectores de movimiento, cámaras de seguridad y paredes de hormigón reforzado con acero de un metro de grosor.

La viabilidad de estas semillas al volver a su hábitat natural pasado el tiempo, dado que muchas comunidades campesinas se muestran críticas con este tipo de almacenamiento, es responsabilidad de los bancos de germoplasma que las han enviado.

EL GSV es un lugar de almacenamiento “seguro” de las copias de seguridad que se envían. “Nosotros nunca abrimos las cajas donde se almacenan o investigamos con estas semillas”, confirma el coordinador del NGRC. La construcción de esta obra de ingeniería fue extremadamente complicada. Hubo que llevar una gigantesca tuneladora desde Noruega hasta este remoto lugar y, a pesar de la dificultad de la obra, se completó en algo más de un año y medio. Tuvo un coste aproximado de 6 millones de euros, pagado en su totalidad por Noruega y el Global Crop Diversity Trust (GCDT).

Protocolos engañosos

El principio de funcionamiento del Banco de Semillas es parecido al de una caja de seguridad de un banco tradicional: Noruega posee las instalaciones y los países o instituciones que guardan allí las semillas son sus propietarios. El depósito de muestras no supone una transferencia de propiedad y, al menos hasta ahora, es un servicio gratuito. Las instalaciones son propiedad del Gobierno noruego, mientras que sus operaciones son financiadas por el Global Crop Diversity Trust (GCDT), un lobby de capital mixto (público y privado) en el que participan, entre otros, el Reino Unido, Australia, Brasil, Colombia, la India… y empresas y fundaciones multinacionales como la Fundación Rockefeller, la Fundación Bill y Melinda Gates, Monsanto Corporation, Syngenta Foundation o la DuPont/Pioneer Hi-Bred.

Luego está el Grupo Consultivo sobre Investigaciones Agrícolas Internacionales (CGIAR), potente lobby conformado por muchos de los anteriores organismos, junto al Banco Mundial y la FAO, con una enorme influencia en la investigación sobre cultivos de interés mundial y en especial sobre la investigación en genética vegetal. Durante 30 años, el CGIAR ha apostado por un solo tipo de estrategia de conservación: la ex situ; de ahí que sea el propietario de 1.500 bancos de semillas de países en desarrollo por todo el mundo. Y, cómo no, uno de los grandes promotores de la ‘bóveda del fin del mundo’.

“En Svalbard solo pueden depositar sus colecciones organizaciones oficialmente reconocidas; y solo semillas que hayan sido depositadas ya en algún otro banco de semillas. Esto quiere decir que, en la práctica, las comunidades de campesinos no pueden tener sus semillas allí”, cuenta Henk Hobbelink, cofundador de GRAIN, una ONG internacional, con sede en Barcelona, que lucha, junto a los campesinos, por sistemas alimentarios basados en la biodiversidad y que puedan ser controlados comunitariamente. La conservación de la diversidad vegetal se puede desarrollar de dos formas básicas: dentro de su hábitat natural (conservación in situ) y fuera del hábitat natural (conservación ex situ).

El problema de la ex situ (que la bóveda refuerza), es que es fundamentalmente injusta: recolecta semillas de variedades únicas entre las comunidades que originalmente las crearon, seleccionaron, protegieron y compartieron, las almacena y las hace prácticamente inaccesibles para esas comunidades. Lo que han venido haciendo en las últimas décadas los gigantes del agronegocio –como Monsanto, propietaria de las semillas suicidas Terminator; DuPont/Pioneer Hi-Bred, uno de los mayores dueños de patentes de semillas genéticamente modificadas (OGM); o Syngenta, importante compañía de semillas y agroquímicos– ha sido invertir grandes cantidades de dinero en lo que se ha dado en llamar biotecnología agrícola. La biotecnología agrícola crea variedades ‘superiores’, que se puedan plantar como monocultivos en regiones agrícolas de todo el mundo.

Estas supersemillas transgénicas se hallan debidamente patentadas, y en algún caso (como el de la patente Terminator, desarrollada por Monsanto en 1988) se incorpora una secuencia ‘suicida’ en los genes de la semilla que la convierte en estéril a la siguiente generación. Así, el agricultor tiene que volver a comprar la semilla cada temporada. Si fuera ampliamente introducida en el mundo convertiría a los agricultores en nuevos ‘siervos feudales’ de tres o cuatro multinacionales.

Semillas con propiedad intelectual

“La solución para preservar la riqueza semillera de las comunidades campesinas del mundo debería estar en los mismos campos de los agricultores, promocionando la diversidad y las semillas locales in situ y apoyando a los campesinos en vez de echarlos de sus tierras, como ocurre ahora –insiste Henk Hobbelink–. Se deberían apoyar sistemas de intercambio de semillas entre campesinos a nivel local y nacional, y la tarea de mejoramiento genético que han practicado durante milenios. Ahora el sistema solo apoya bancos de semillas ex-situ”. La expansión del negocio del monocultivo extensivo encuentra todavía dificultades en zonas como la Unión Europea, donde, de momento, está prohibida la siembra de algunas variedades de maíces transgénicos.

España es prácticamente el único país de la UE con cultivos transgénicos. Según los datos del Ministerio de Agricultura, aquí se dedican unas 136.000 hectáreas al MON 810, variedad de maíz propiedad de la empresa estadounidense Monsanto. Es el único cultivo genéticamente modificado que se permite en Europa. Aunque en enero de 2015, la Eurocámara aprobó una nueva ley por la que cada país podrá decidir si permite estos cultivos o no.

El 85% de los cultivos modificados genéticamente se concentra hoy en pocos países: Estados Unidos, Argentina, Canadá, Sudáfrica… pero los lobbys de estas multinacionales son muy poderosos y, entre otros, las fértiles y productivas tierras de África están en su punto de mira. Uniformidad contra diversidad “El problema con el banco de semillas de Svalbard es que transmite un sentido de seguridad falso –asegura Henk Hobbelink–. Se presenta como una medida de seguridad contra la pérdida de biodiversidad de los cultivos en el mundo, pero en realidad es una nueva apuesta para hacer la conservación ex situ, en instalaciones lejos de los campos de los campesinos”.

El cofundador de GRAIN denuncia que “la pérdida de biodiversidad se produce a un ritmo que nunca habíamos visto antes. Con el nuevo fenómeno de acaparamiento de tierras en países pobres, la imposición de los cultivos transgénicos y los avances de la agricultura industrial se está acelerando la pérdida de biodiversidad en el campo, en todas partes. El banco de semillas de Svalbard no aporta nada contra esto”.

         

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Author: por Dineroclub

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