Fabergé, un joyero que hizo historia

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Fabergé. La historia de leyenda

Ya han pasado 130 años desde que el famoso joyero ruso Carl Fabergé presentó al mundo el primero de sus 54 huevos de Pascua imperiales. Estos huevos hicieron a su autor mundialmente famoso, ¡quien, en realidad, no elaboró ni uno solo de ellos con sus propias manos!

El orfebre de la corte imperial rusa

Peter Carl Fabergé, el hombre marca de nombre alemán y apellido francés, es el orfebre y joyero más destacado de Rusia, nacido el 30 de mayo de 1846 en San Petersburgo. Cuatro años después de su nacimiento su padre, el joyero Gustav Fabergé, fundó una empresa familiar de joyería. Puso todo su empeño en darle a su hijo una educación excelente. Durante unos años estudió joyería en diversas ciudades europeas. Y en el año 1872 pasó a ser el responsable de la joyería que fundó su padre. En el año 1882 en la Exposición Panrusa celebrada en Moscú presentó unas elegantes joyas de señoras, por las cuales fue obsequiado con una Medalla de Oro. El trabajo de Fabergé atrajo la atención de Alejandro III. En 1885 el emperador quiso regalarle a su esposa para la Pascua algo inusual, así que pidió a Fabergé que creara algo imaginativo. Como resultado vio la luz el primero de los famosos 54 huevos imperiales.

El primero de los llamados huevos de «gallina», estaba recubierto de esmalte blanco, como si fuese auténtica cáscara de huevo, y dentro, en la «yema», fabricada de oro matizado, se escondía una gallinita de oro. Y en el interior de esta gallinita se hallaba un diminuto rubí tallado en forma de huevo, con una corona de diamante, copia exacta de la imperial. Este milagro del arte joyero ha llegado hasta nuestros días, aunque sin el rubí en forma de huevito.

A la emperatriz le gustó tanto su regalo que a Fabergé se le encargó que creara un huevo cada año. El siguiente emperador, Nicolás II, mantuvo esta tradición, e incluso duplicó el encargo, cada primavera le regalaba un huevo a María Fiódorovna, su madre viuda, y el segundo a su esposa Alejandra Fiódorovna. Al principio los monarcas discutían con Fabergé los esbozos de los regalos, pero más tarde confiaron plenamente en su gusto, así que no sabían ni ellos qué sorpresa les aguardaba hasta que el orfebre les entregaba personalmente el encargo en el Palacio de Invierno en vísperas de la Pascua.

Cada huevo era una dedicatoria a un tema en particular o un acontecimiento en la vida del Imperio, de modo que tenía su propio nombre. Los huevos eran retratos en miniatura, copias de famosos monumentos y palacios, barcos, locomotoras, vagones y carrozas de la realeza, estatuillas de un pavo real mecánico que despliega su cola y un gallo que canta. La «sorpresa» más famosa fue la carroza de huevo de Pascua llamada «Coronación», un modelo en miniatura de una longitud de 8 cm, en oro y esmalte, réplica exacta de la carroza que se utilizó para la coronación de los zares Nicolás II y su esposa. Fabergé llegó a crear huevos de oro, de platino y cristal de roca, y en una ocasión incluso de acero. El último huevo, elaborado para la Pascua del año 1918 se fabricó de abedul de Carelia, pero este último encargo no pudo ser entregado al cliente por razones obvias.

 Regalos de zares

Además de los huevos, Fabergé producía otrasjoyas. Solamente para el gabinete de Su Majestad, Fabergé realizó más de 6.000 objetos orfebres, los llamados regalos del gabinete y diplomáticos; todo hay que decirlo: eran muy generosos. El negocio de Fabergé prosperó. Y su joyería se convirtió en la mayor empresa de su sector del Imperio ruso y uno de las más grandes del mundo. Carl Fabergé tenía sucursales en Londres, Odesa, Kiev y Moscú y comercializaba sus artículos en todo el mundo. En el año 1900, en la Exposición Universal de París los trabajos de la empresa Fabergé se llevaron el Gran Premio, y el propio joyero fue laureado con el título de maestro del gremio de joyeros parisino y condecorado con la orden de la Legión de Honor.

Ese mismo año la casa Fabergé se trasladó a un nuevo edificio de cuatro plantas ubicado en el corazón de San Petersburgo, en la calle Bolshaya Morskaya. En las primeras plantas se distribuyeron la tienda y los talleres y en la planta superior, el piso de 9 habitaciones, la familia del propietario. Carl Fabergé y su esposa Augusta tuvieron cuatro hijos. Y todos ellos siguieron los pasos de su padre y su abuelo, de modo que Carl Gustávovich no tuvo que romperse la cabeza pensando a quién iba a confiar la administración de las sucursales de la empresa. De la dirección de la oficina de Londres se encargó el menor de los hijos, Nikolái. El mayor, Evgeni, tras finalizar su formación en el arte joyero, se encargó a los veinte años de la administración de la oficina principal, la de San Petersburgo. Y Aleksandr se ocupó de la sucursal de Moscú. Solo el segundo hijo se quedó sin ninguna parte del negocio familiar, el conocedor de las joyas Agafón. No consta ningún documento que arroje luz sobre la causa de semejante infortunio.

 El tesoro de la república

Cuando la Primera Guerra Mundial comenzó seguía realizando encargos personales para la familia imperial, pero por petición del gobierno zarista, transfirió todas sus cuentas de bancos extranjeros a los rusos. Y después de la revolución, completamente arruinado por los bolcheviques, al perder toda su fortuna, con grandes dificultades abandonó Rusia en 1918. Primero se trasladó a Riga, luego a Alemania y finalmente llegó a Suiza. Las fábricas y las tiendas de Fabergé de Petrogrado, Moscú y Odesa fueron nacionalizadas. Las obras maestras del joyero fueron puestas en venta por los bolcheviques, ya que el país necesitaba dinero para su industrialización.

Los extranjeros adinerados no desaprovecharon esta ocasión. El director de la armería Dmitri Ivanov luchó por cada una de estas piezas únicas, escribió un sinfín de notas explicativas que no le interesaban a nadie, y en vísperas de la retirada de los diez últimos huevos se suicidó. Es curioso, pero fue eso precisamente lo que salvó el resto de la colección, que aún se conserva en los museos del Kremlin.

Carl Fabergé jamás volvió a reponerse después de los acontecimientos que tuvieron lugar durante la revolución. Murió prácticamente en la pobreza en el año 1920 en Lausana, en brazos de su esposa, y fue enterrado en el cementerio de Grand Jas, en Cannes. En el año 1951, los descendientes de Carl Fabergé perdieron todos los derechos sobre la marca. En la actualidad la casa Fabergé sigue vendiendo joyas en sus boutiques de Ginebra, Nueva York, Londres y Hong Kong. Los artículos de Fabergé siempre son demandados.

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