Por qué cada vez tenemos menos cociente intelectual

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La inteligencia humana no deja de menguar y lo hace a una velocidad preocupante. Para darse cuenta de la gravedad del asunto tan sólo hay que echar un vistazo a los resultados de los test de inteligencia realizados en las últimas décadas y comprobar que cada nueva generación se está dejando nada más y nada menos que siete puntos en comparación con la anterior.

Así consta en las conclusiones del estudio del Ragnar Frisch Centre for Economic Research (Noruega) publicado recientemente en Proceedings of the National Academy of Sciences, que confirma lo que muchos científicos venían barruntando desde hace tiempo: el empeoramiento del cociente intelectual humano.

Según este informe, que ha analizado el CI de 730.000 jóvenes noruegos de 18 y 19 años entre los años 1970 y 2009, desde 1975 la inteligencia humana no ha dejado de menguar hasta el punto de haber retrocedido ya a los mismos niveles que teníamos 70 años atrás. Unos datos alarmantes que, además, vienen a certificar el final de la tendencia del conocido como Efecto Flynn, que hablaba del aumento paulatino en las puntuaciones medias de cociente intelectual durante la primera mitad del siglo XX.

El informe noruego, no obstante, no hace sino corroborar lo que hace unos meses ya advirtió Michael Shayer en su informe Does the rot start at the top?. En este se ponía en duda la solidez de las ganancias de cociente intelectual registradas durante el pasado siglo tras detectar un cambio de patrón a partir de la década de los 90. Momento en el que se iniciaba un descenso notable que se ha venido manteniendo, muy especialmente en los países más desarrollados.

¿Qué ha pasado en los últimos años?

Según el profesor de la Universidad de Otago, el gran culpable de este retroceso sería el avance tecnológico, quien estaría actuando como una “fuerza social” que interfiere en el desarrollo del pensamiento de las nuevas generaciones. Algo especialmente visible en las pruebas de matemáticas y ciencias, donde el investigador ha podido comprobar que “los mismos ejercicios que en 1994 podía resolver el 25% de los examinados ahora sólo los resuelve el 5%”.

En su último trabajo, Shayer quiso también centrar gran parte de sus esfuerzos en echar por tierra la hipótesis defendida por aquellos que habían tratado de demostrar la vinculación entre la transmisión genética y la inteligencia humana. Argumento que, ahora, de la mano del estudio del Ragnar Frisch Centre, parece haber quedado desmontado definitivamente tras confirmarse la existencia de diferencias significativas en el CI de hermanos nacidos en años diferentes.

Si atendemos a las tesis planteadas por Bratsberg y Rogeberg, autores de la investigación noruega, las variaciones en el cociente intelectual se deben principalmente “a factores ambientales“. Según los nórdicos, además de la modificación en los hábitos de los más jóvenes, como sucede con la disminución del tiempo lectura o el aumento de las horas dedicadas a los pasatiempos en línea, los “cambios en el sistema educativo o en la nutrición” también tienen una cuota significativa de culpa en este retroceso del intelecto.

Si en algo parecen coincidir casi todos los especialistas en la materia es en la necesidad de renovar los estudios que miden la inteligencia. Y es que, como asegura el doctor Robin Morris del Kings College de Londres, si aceptamos que los métodos de razonamiento han ido variando al mismo ritmo que hemos ido introduciendo las nuevas tecnologías en nuestras vidas, se antoja capital desarrollar nuevas pruebas capaces de determinar las distintas formas en las que se expresa la inteligencia humana hoy en día.

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