Emiratos Árabes Unidos, historia de una pequeña gran potencia

En los últimos años ha surgido una nueva potencia en Oriente Próximo: Emiratos Árabes Unidos. Esta federación de siete emiratos se constituyó hace apenas cuarenta años, pero ahora tiene un peso creciente en la región. EAU mantiene una estrecha alianza con Arabia Saudí y EE. UU. y su influencia poco a poco se extiende a la esfera internacional.

Dubái, la capital económica de Emiratos Árabes Unidos (EAU), tenía previsto inaugurar la Exposición Universal 2020 el 20 de octubre de ese año. Se esperaba que la Exposición durara seis meses, reuniendo a más de 170 países y a cerca de veinticinco millones de visitantes. Sin embargo, la pandemia obligó a posponerla hasta el 2021. Este gran evento debía servir para reafirmar internacionalmente al Estado emiratí como un referente económico, político y cultural. También para mostrar las fuerzas de un país constituido en 1971, con una población cercana a los 9,5 millones de habitantes, considerado uno de los más ricos del mundo en relación a poder adquisitivo y una de las economías árabes más potentes.

Emiratos está asumiendo un gran protagonismo en Oriente Próximo. Forma parte de la coalición liderada por Arabia Saudí en la guerra de Yemen y, de la mano de los saudíes, participa en el bloqueo económico y político a Qatar desde 2017. EAU también está enfrentado a Irán por el control del estrecho de Ormuz, por donde pasa un tercio del petróleo mundial transportado por mar. En la política emiratí destaca Mohamed bin Zayed (MBZ), de 59 años, considerado el gran artífice de los cambios que está viviendo el país en los últimos años. Zayed es el príncipe heredero de Abu Dabi y hombre de confianza de su hermano, el jeque Jalifa bin Zayed, el jefe del Estado desde 2004. 

Los emires de Abu Dabi, Dubái, Sarja, Ras al Jaima, Fuyaira, Umm al Qawain y Ajman son conscientes de que deben hacer frente a numerosos retos dentro y fuera de sus fronteras para mantener su rápido ascenso internacional. El futuro y estabilidad del régimen, que construyeron conjuntamente hace más de cuatro décadas, pende de un frágil hilo entre modernidad y tradición. 

La construcción de Emiratos Árabes Unidos

La presencia occidental en el golfo Pérsico se remonta al siglo XVI, cuando los exploradores portugueses fundaron sus primeros puertos en el estrecho de Ormuz en su ruta hacia Asia. Sin embargo, el Golfo empezó a cobrar más importancia a partir del siglo XVIII y principios del XIX, cuando el Reino Unido lo convirtió en un punto estratégico en sus rutas hacia la India. En aquel momento ya había varios actores disputándose la zona. Por un lado, los clanes árabes de la costa pretendían aumentar su control marítimo, mientras el Imperio persa y el otomano trataban de ampliar su influencia. Además, estaban proliferando los piratas a medida que crecía el comercio en el Golfo. 

Durante el siglo XIX, los británicos establecieron un protectorado en el actual Emiratos llegando a acuerdos con los líderes locales. Con el Tratado General Marítimo, de 1820, Londres reconoció la autoridad política de los principales clanes a cambio de que estos acabaran con las bandas de piratas. Más adelante, en 1853, se acordó la Tregua Marítima Perpetua, por la que no habría agresiones entre los firmantes y se permitió presencia militar británica en las costas. Los emiratos pasaron a ser conocidos como los “Estados de la Tregua”. Finalmente, el Acuerdo Exclusivo de 1892 obligó a los gobernantes árabes a no tener relaciones con otras potencias extranjeras y dio al Reino Unido preferencias comerciales y la defensa de estos territorios. 

Estar bajo el protectorado británico benefició a los clanes de los emiratos, permitiéndoles asentar su autoridad en sus territorios. Entonces la economía local todavía se basaba en el pastoreo, la pesca y la recolección de perlas. El gran cambio llegó poco antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando se descubrieron los primeros yacimientos de petróleo y gas y las compañías británicas empezaron a invertir en el sector energético. 

La decadencia del Reino Unido como potencia internacional aceleró la independencia de los territorios británicos del Golfo. En 1968, el primer ministro británico, Harold Wilson, anunció que el Reino Unido daba por finalizada su responsabilidad política y militar con los Estados de la Tregua. Los emires de Abu Dabi y Dubái se reunieron poco después y acordaron constituir una unión política, extendiendo su invitación al resto de protectorados británicos de la región. Catar y Bahréin, también hasta entonces bajo control del Reino Unido, se sumaron al plan en un principio, pero el desacuerdo en torno a qué familia ocuparía la presidencia de la federación les llevó a abandonarlo y convertirse en Estados independientes. La retirada británica se formalizó el 1 de diciembre de 1971 y al día siguiente se proclamó la constitución de los Emiratos Árabes Unidos, una federación de seis emiratos. 

Las rivalidades territoriales entre los emiratos de Ras al Jaima y Sarja hicieron que el primero no se incorporara a la federación hasta 1972, después de que el resto de emiratos reconocieron la soberanía política de ambos. La figura clave del emergente Estado fue el jeque Zayed bin Sultán al Nahayan de Abu Dabi, que asumió la presidencia del país desde 1971 hasta su muerte en 2004. Fue el impulsor de la unión y el diseñador de las instituciones estatales y el reparto de poder entre las siete familias reales. La explotación de los yacimientos de petróleo y gas pronto comenzó a proporcionar grandes beneficios y, gracias a ellos, a partir de la década de los noventa Emiratos se desarrolló y modernizó vertiginosamente. Entrado ya el siglo XXI, aquella costa de perlas y piratas se había convertido en una potencia emergente en Oriente Próximo. 

Entre la modernidad y la tradición 

Los siete emiratos están separados por importantes diferencias económicas. Aproximadamente el 33% del PIB de EAU procede de la producción y exportación de petróleo y gas. Se estima que Emiratos cuenta con la quinta reserva más grande de hidrocarburos del mundo, aunque estos se distribuyen de forma desigual. Casi el 90% de los yacimientos están en Abu Dabi, mientras que Dubái concentra cerca del 5%. Además, Dubái y Abu Dabi tienen dos grandes compañías aéreas: Emirates y Etihad Airways, que dan a Emiratos una gran importancia en las rutas aéreas internacionales. Juntos, estos dos emiratos representan el 83% del PIB nacional.

Los cinco emiratos más pequeños crecen a la sombra de los dos grandes y dependen en gran medida de las ayudas que reciben de los presupuestos federales. Esa distribución de la riqueza, atendiendo a las necesidades de los territorios menos favorecidos, ha contribuido a la consolidación del país. Gracias a ello, Sarja es la capital cultural y educativa, Ajman un importante centro industrial y naviero, y Fuyaira pretende hacer de su puerto un punto central del comercio marítimo mundial. Los emiratos Umm al Quwain y Ras al Jaima buscan impulsar sus economías gracias al turismo. 

Diversificar su economía es una de las grandes preocupaciones de los dirigentes emiratíes. EAU quiere convertirse en un importante centro financiero e industrial, lo que les ha llevado a competir con otros países, como Catar, Bahréin o Kuwait, por inversiones extranjeras, comercio y construcción de grandes infraestructuras. El aeropuerto internacional de Dubái es el de mayor tráfico internacional, el puerto de Fuyaira tiene uno de los mayores almacenamientos de petróleo y gas de la zona. En los últimos años el sector financiero emiratí ha ido creciendo hasta representar más del 10% del PIB. El fondo soberano de Abu Dabi es uno de los más grandes del mundo, con unos activos de cerca de 828.000 millones de dólares. 

Originalmente, la Constitución de 1971 debía servir solo temporalmente, aunque ha acabado considerándose permanente desde 1996. En ella se estipula que la capital del país es Abu Dabi, y la costumbre ha impuesto que su emir sea presidente del país. El texto también recoge la unificación de los sistemas educativos, sanitarios, tributarios y fiscales y de la moneda. Hubo otros temas más controvertidos, como la homogenización del sistema judicial y la creación de un ejército nacional, al que Dubái se oponía por miedo que estuviera monopolizado por Abu Dabi. Finalmente, Emiratos pudo contar con Fuerzas Armadas estatales, ahora entre las más poderosas de Oriente Próximo, y solo Dubái y Ras al Jaima conservan sus propios tribunales. 

El máximo órgano de poder del país es el Consejo Supremo Federal, que reúne a los siete emires cuatro veces al año. El Consejo marca las líneas generales, ratifica los nombramientos de ministros y otros cargos y respalda leyes y presupuestos nacionales. El presidente tiene la capacidad de nombrar su propio Ejecutivo, pero siempre atendiendo a un reparto equitativo de responsabilidades por cada emirato. El Gobierno es asesorado en materia legislativa por el Consejo Nacional Federal, compuesto por cuarenta miembros de los siete emiratos elegidos parcialmente en elecciones. 

El derecho a voto está muy restringido en Emiratos: solo algo más de 300.000 ciudadanos puede votar. Los votantes son seleccionados representativamente por el Comité Electoral Nacional siguiendo parámetros de edad, sexo, formación o comarca. Las primeras elecciones se celebraron en 2006, en las que solo se permitió la participación de 6.000 hombres y mujeres. Desde entonces, el censo ha ido ampliándose a 130.000 en 2011 y a los actuales 300.000 en 2019. 180 mujeres llegaron a presentarse a las urnas ese año, en las últimas votaciones, aunque solo siete han llegado a formar parte del Consejo Nacional Federal. 

Los siete emiratos poseen un alto grado de autonomía: pueden promulgar leyes, impuestos o presupuestos siempre y cuando no entren en colisión con los principios federales. La sharia, la ley islámica, condiciona la vida política y social del país, y el islam es la única confesión que puede manifestarse públicamente. Sin embargo, la Constitución asegura la libertad religiosa. De hecho, el papa Francisco visitó el país en febrero de 2019 en el primer viaje oficial de un pontífice a la península arábiga. El régimen procura mantener un control estricto sobre la religión para evitar las críticas internas. Por esa misma razón, el Gobierno emiratí no permite organizaciones islamistas como los Hermanos Musulmanes, y las considera radicales o terroristas. 

Solo el 11% de la población de Emiratos son ciudadanos emiratíes, aproximadamente un millón de personas; el resto son trabajadores extranjeros. Los principales núcleos urbanos son las ciudades de Abu Dabi (1,4 millones), Dubái (3,3 millones) y Sarja (1,4 millones). La población está dividida en tres grandes grupos. Entre los ciudadanos emiratíes, el 34% tiene menos de veinticinco años, y cuentan con numerosas ayudas y beneficios estatales mientras se mantengan leales al régimen. Los expatriados extranjeros con puestos de trabajo cualificados tienen garantizados una posición acomodada.

Sin embargo, los trabajadores de grandes construcciones e infraestructuras proceden en su mayoría de países asiáticos, como Pakistán o Bangladés, y sufren unas condiciones laborales que han sido incluso denunciadas desde el extranjero. Se les confisca el pasaporte cuando llegan al país, reciben salarios muy bajos a pesar de que sufren largas jornadas de trabajo en condiciones duras y peligrosas, y son recluidos en recintos de los que se les prohíbe salir, bajo la amenaza permanente de ser expulsados. 

El presidente estadounidense Donald Trump anunció el 13 de agosto de 2020 un acuerdo entre Israel y EAU, dos aliados de Estados Unidos, para normalizar sus relaciones. Emiratos se ha convertido en el tercer país árabe, tras Egipto y Jordania, en relaciones diplomáticas oficiales con el Estado israelí. El pacto reafirma el giro estratégico de parte del mundo árabe, que ha pasado de preocuparse por el conflicto palestino a aliarse con Israel en contra de Irán. Además, demuestra la importancia creciente de Emiratos en Oriente Próximo.

La  política exterior emiratí está capitaneada por los dos emiratos más poderosos: Abu Dabi y Dubái. El primero domina la política política y la seguridad nacional, mientras que Dubái es el pilar económico y financiero. Tras su independencia, Emiratos pronto se convirtió en un estrecho aliado de EE. UU., que mantiene unos 5.000 soldados desplegados en el país, entre el puerto de Jabel Ali, próximo a Dubái, la base aérea de Al Zafra y la base naval de Fuyaira. Bajo la Administración Trump, las relaciones entre Emiratos y Estados Unidos se han reforzado, dado que ambos rechazan el ascenso regional de Irán y están preocupados por la estabilidad del golfo Pérsico.

Emiratos mantiene una disputa territorial con Irán por el control de tres islas en el estrecho de Ormuz que Irán controla y EAU reclama: Abu Masa, Tumb Mayor y Tumb Menor. El régimen de los ayatolás tiene guarniciones militares desplegadas en ellas a causa de su vital importancia para el control del estrecho. Sin embargo, Emiratos defiende que esos islotes han pertenecido históricamente al emirato de Ras al Jaima. La disputa por las islas no es el único motivo de división entre ambos países. El Gobierno emiratí considera a Teherán promotor de movimientos de oposición dentro de Emiratos, sobre todo entre la minoría chií emiratí, que representa el 15% de la población y se concentra en Dubái y Sarja.

La enemistad con Irán ha llevado a Emiratos a estrechar su alianza con Arabia Saudí, que, al igual que EAU, forma parte del Consejo de Cooperación del Golfo junto a otras monarquías árabes. La cercanía entre saudíes y emiratíes también se explica por la confianza personal entre dos de sus dirigentes: el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman, y el príncipe de Abu Dabi, Mohammed bin Zayed (MBZ), quien ejerce una gran influencia sobre el primero. Arabia Saudí pretende emular el desarrollo económico y la modernización de Emiratos, liberalizando su mercado, atrayendo capital extranjero y reduciendo el papel del Estado y con tímidas reformas políticas. Además, Arabia Saudí y Emiratos colaboran para dominar la región tras las revueltas árabes de 2011, que trajeron un largo período de inestabilidad que todavía sigue abierta.

Mohammed bin Zayed es, junto con su otro hermano, Abdulá bin Zayed, ministro de Asuntos Exteriores desde 2006, los dos grandes artífices de la política internacional y de defensa del país. Para ambos líderes, la supervivencia de la federación pasa por convertirse en una potencia regional en Oriente Próximo, con capacidad para garantizar su estabilidad gracias a sus propios recursos y a sus alianzas con otras potencias. La gran incógnita para los siete emiratos es si lograrán mantener su sistema político, económico y social frente a las aspiraciones de cambio que puedan surgir en su propio territorio y los vaivenes de la región.