Carlos Coriolano Amador, uno de los más ricos de Colombia en el siglo XIX

Un hombre cuya excéntrica y osada personalidad fue a la vez motor para el desarrollo de Antioquia.

Carlos Coriolano Amador fue testigo de la mayor parte de las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales que experimentó la región antioqueña durante la segunda mitad del siglo XIX.

Pero también fue protagonista de primer orden de estos cambios: Propuso innovaciones tecnológicas en la minería de oro y plata, a través de su sociedad minera de El Zancudo; promovió la construcción de vías y puentes en los difíciles caminos del departamento; gestó la construcción del ferrocarril de Antioquia; aportó de manera significativa a la expansión comercial de Medellín y aceleró el desarrollo urbanístico de la ciudad, particularmente en todo el sector que hoy conocemos como Guayaquil. Fue uno de los hombres más ricos del país y dejó huella también en nuestra historia por sus extravagancias, su derroche, sus lujos y sus viajes al exterior, así mismo fue el primer hombre en traer un automóvil a Medellín, un cinematógrafo, un telégrafo y crear un banco el cual emitía billetes que llevaban su rostro.

Coriolano Amador desempeñó un papel protagónico durante la etapa preindustrial de la historia empresarial colombiana, puente de unión entre los siglos XIX y XX. Con sus múltiples empresas, producto de su espíritu visionario y emprendedor, contribuyó en gran medida al desarrollo económico del país. Pero, en su tiempo, las opiniones sobre él no fueron unánimes, como lo deja entrever su sobrenombre de “El burro de oro”.

Carlos Coriolano Amador nació en Medellín en 1835, hijo de Sebastián José Amador López, acomodado comerciante de origen cartagenero que pasó a Antioquia, donde alcanzó a ocupar la Gobernación de la provincia en 1851, durante la revolución de Eusebio Borrero. Se educó en el Colegio de Antioquia, luego en Jamaica y Londres. A pesar de no acreditar estudios de leyes, manejó con destreza la legislación civil, comercial y minera de su época. Contrajo matrimonio con Lorenza Uribe Lema, hija del acaudalado minero y prestigioso político José María Uribe Restrepo, gobernador y varias veces senador por la provincia de Antioquia. Amador continuaría la afición a la política característica de su familia, llegando al Concejo de Medellín en varias oportunidades, y a la Asamblea de Diputados en 1883, en representación de los liberales radicales.

La ambición y el afán de lucro se manifestaron desde su Juventud, espíritu que le permitió alcanzar éxito en la mayoría de sus proyectos. Fue accionista principal de la Sociedad Minera El Zancudo y Sabaletas, de la Sociedad Minera de Los Chorros; de las que construyeron el puente de Jericó sobre el río Cauca (Puente Iglesias), la plaza de mercado cubierta de la calle Guayaquil, la vía carreteable de Santa Elena que comunicó a Medellín con Rionegro, los diferentes acueductos y alcantarillados de Medellín, y de numerosos negocios en urbanización e importación de mercancías. Emprendió, además, el montaje de haciendas cafeteras y trilladoras, una fábrica de chocolate y un banco, así como otras haciendas ganaderas en Jericó y Cartago. Amador se inscribe, pues, en un patrón de máxima diversificación económica, común a la mayoría de los negociantes del país en el siglo XIX.

No obstante la prevención de los inversionistas del comercio y la agricultura acerca de la conveniencia de invertir en minería. Amador incursionó en este campo con una intensidad que no se había practicado en Colombia. Antioquia era la región más solvente del país en la pasada centuria, gracias a su agresivo comercio y la explotación aurífera, su principal renglón económico. Cuando se impulsó en la provincia la minería de veta, con el afán de fomentar la producción de artículos exportables, se sucedieron cambios significativos en la mentalidad empresarial. Hubo necesidad de pensar en grande en cuanto a inversiones, herramientas, maquinarias, administración, trabajo y técnica. Esto favoreció el desarrollo de la capacidad inventiva de empresarios y operarios. En las empresas de minería de veta fue donde por primera vez se dieron las bases de una administración sistemática y de una inversión racionalizada en pro del máximo rendimiento económico.

En un contexto más amplio, el proyecto centralista de la Constitución de 1886 buscaba conformar un Estado Nacional con una fuerte economía y una unidad política sólida. Para ello se fomentaron nuevos renglones productivos, a fin de vincular el país a la economía mundial a través de productos de exportación, y la creación de un mercado interno por medio del impulso a la construcción de vías y sistemas de comunicación, así como la creación de una banca central de crédito y fomento.

La empresa minera Sociedad El Zancudo, dedicada a explotar las vetas de oro y plata en la localidad de Titiribí, en el suroccidente antioqueño, fue la gran obra de Amador. Se convirtió en el mayor accionista de ella gracias a su matrimonio con Lorenza Uribe, dueña de la mitad de los derechos. Logró llevarla a su máximo desarrollo aplicando sistemas alemanes de extracción y beneficio de minerales por fundición, para lo cual trajo a varios técnicos europeos en metalurgia. Esto dio origen a los primeros montajes semifabriles a gran escala en la región -Sabaletas y Sitio Viejo-, modelos desarrollados más adelante en el montaje de la terrena de Amagá, empresa en cuya junta directiva también estuvo Amador. El valor del Zancudo subió de $ 100 mil en 1865 a $4 millones en 1881, sin contar las reservas de sus minas, avaluadas por el ingeniero Robert While en $ 8 millones (un kilo de oro valía $ 1.500). En el decenio de 1880 ya era la empresa más grande de cualquier tipo que hubiera existido hasta entonces en Colombia: sobrepasaba a la Ferrería de Pacho, la empresa textilera de Samacá, la Cervecería Bavaria y la Ferrería de Amagá. En 1887 logró una producción mensual sin precedentes de 68 libras de oro y 53 de plata, con 1200 trabajadores directos, más de 300 muías y cerca de 70 minas en explotación.

En 1883, siendo director de la Sociedad, gestó la creación de un banco propio que llegó a emitir billetes con la efigie de Amador y consolidar un importante capital destinado de manera exclusiva a atender las necesidades de las empresas de la sociedad. El Banco del Zancudo funcionó hasta 1886, año en que el gobierno nacional ordenó la liquidación de todos los bancos privados.

Amador se enfrascó en numerosos pleitos judiciales en representación de la empresa o a título propio. Al efecto mantuvo a su servicio a prominentes figuras del Derecho, como Pedro Antonio Restrepo Escobar, Januario Henao, Julián R. Cock y Luis E. Villegas. Llegó a sostener hasta nueve pleitos grandes simultáneamente, de los cuales rara vez salió perdedor. Por eso se puede afirmar que se enriqueció pleiteando contra sus socios Leocadio María Arango, Juan Bautista Mainero y Pascasio Uribe, y protagonizando intensas disputas jurídicas. Arruinó al conde Adolfo De Bourmont, ganándole una demanda por más de $ 70 mil pesos. Un acontecimiento que estremeció la vida de Medellín en 1879, relatado por Pedro A. Restrepo en sus memorias, fue la muerte de Camilo Escobar a manos de Coriolano Amador. Escobar, un individuo desequilibrado, decía estar enamorado de Lorenza Uribe, de quien era primo. Amador fue dejado en libertad tras comprobar que cometió el homicidio en legítima defensa.

El Zancudo empezó a decaer al finalizar el siglo, a causa de la guerra de los Mil Días, que alteró ostensiblemente su marcha, y al decaimiento moral de Amador, muy afectado por la muerte de su único hijo varón. Su otra empresa importante fue la urbanización del barrio comercial Guayaquil, proyecto que demandó considerables capitales para adecuar terrenos y para montar una ladrillera en Belén. La construcción más importante del sector fue la plaza de mercado, encargada al arquitecto francés Carlos Carré e inaugurada en 1894. Guayaquil fue la obra civil más grande ejecutada hasta la fecha en la ciudad. Incluyó el desecamiento de terrenos, canalización de un tramo del río Medellín y construcción de un puente, reconstrucción de la alcantarilla del zanjón de Guanteros y el trazado de vías nuevas como las calles San Juan, Amador, Maturín y Alhambra. Empleó cerca de 600 trabajadores durante dos años, convirtiéndose en uno de los pioneros, junto con Manuel José Alvárez, de la industria de la construcción en Medellín.

Sus otras empresas e inversiones forman una larga lista, como lo es también la de sus viajes a Europa, a donde iba en busca de tecnología. Sus regresos constituían un acontecimiento para la ciudad, que concurría a ver las cosas desempacadas de los baúles. Al regreso del viaje 1885-1887, su equipaje personal, sin contar el de sus hijas, yernos, nietos y esposa fue transportado por 50 muías. El 19 de octubre de 1899, día en que estalló la guerra de los Mil Días, trajo el primer automóvil que llegó a Colombia, junto con su chofer. También traía plantas y animales raros, espejos y bronces de ninfas y dioses paganos, mármoles, y lodo el lujo que su fantasía desbordada le permitía. Amador contradijo la imagen estereotipada de los frugales antioqueños del siglo XIX. Era devoto del derroche, de la intensa vida social, de las fiestas y de las aventuras amorosas. El palacio de Amador, obra del arquitecto italiano Felipe Crosti, fue la residencia más lujosa de Medellín durante muchos años. Otro de los palacios de la familia, obra de Carlos Carré, levantado en el paseo La Playa, casa fabulosa para su época (1892), fue más adelante palacio episcopal, no obstante el confeso anticlericalismo liberal y radical de Amador.

Murió el 13 de octubre de 1919. Su capital quedó dividido entre sus numerosas hijas y yernos, que en algunos casos fueron figuras destacadas de la política y la economía, como César Piedrahita. Ellos siguieron administrando y fomentando algunas empresas agrícolas. Los experimentos empresariales y fabriles de Amador sirvieron a muchos administradores de la Escuela de Minas de Medellín, a ingenieros, abogados y hasta a médicos, como laboratorios de práctica en el interesante y novedoso manejo de la industrialización que se daría copiosamente en el país desde la segunda década de este siglo.

EL CAPRICHOSO DE DION-BOUTON

Con un don equiparable al del Rey Midas, don Coriolano se caracterizó por su buen ojo para los negocios y las inversiones que multiplicaban sus ganancias. Por eso resulta paradójico que se le recuerde, sobre todo, por la más malograda de sus importaciones: el automóvil De Dion-Bouton que trajo en 1899 de uno de sus seis viajes a Europa y el primero que llegó al país. Era un último modelo de color rojo, con capacidad para dos personas (algunos, de manera socarrona, decían que era para cinco: dos adentro y tres empujando), transportado con enormes dificultades por la ruta París-Barbosa, chofer y gasolina incluidos, primero en barco por el Atlántico, luego por el río Magdalena y después a lomo de mula. Desde esa población del norte, don Coriolano quería entrar orgulloso a Medellín a bordo del primer coche sin caballos que se vería por estas tierras, pero este, caprichoso, se negó a funcionar por las empedradas vías, por lo que hubo de llegar en hombros. Ya en la ciudad, con dueño y chofer adentro, anduvo poco más de una cuadra entre humo y explosiones, trayecto suficiente para generar un gran alboroto entre los devotos que salían de misa de doce de la iglesia de La Candelaria ese domingo 18 de octubre, causar el pánico de caballos, cocheros y chalanes y romper la monotonía de la villa. Como a las pocas horas empezó la Guerra de los Mil Días, no faltó quien la atribuyera a un influjo siniestro del extraño aparato y le bautizara como “el caballo del demonio”.

Es incierta la suerte que corrió el De Dion-Bouton, pero, como su propietario, siempre fue objeto de habladurías: algunos cronistas aseguran que, frustrado, don Coriolano le dio sepultura en el jardín de su residencia, no sin antes aprovechar como loción los siete galones de combustible con que llegó de Francia y devolver el chofer a su país natal. Otros narran como en 1905, después de varias reparaciones, se exhibió en el hipódromo y centro de diversiones conocido como el Frontón de Jai-Alai y que al dar la vuelta por la pista, entre las aclamaciones de la multitud, produjo “más ruido y humo que una locomotora”, según lo describe Enrique Echavarría en su libro Crónicas e historia bancaría e Antioquia. Adentro iba Carlos Coloriado con sombrero de copa y flor blanca en el ojal. El auto regresó empujado a casa.

EL ZANCUDO DE LA SUERTE

Como la plata llama a la plata, y en su caso al oro, en 1864 don Coro hizo el mejor negocio de su vida al casarse con Lorenza Uribe Lema, heredera mayoritaria de la fabulosa mina El Zancudo, en Titiribí, suroeste antioqueño. Gracias a la tecnificación que invirtió en ella, en pocos años era la mina más productiva del país, una próspera empresa con fundición, banco propio y billetes que llevaban la imagen del “amo de oro”, como se le comenzó a conocer al señor Amador.

Pero El Zancudo no fue la única herencia que aprovechó de su suegro, el político ultraconservador José María Uribe Restrepo. De acuerdo con el profuso inventario que enumeran los investigadores Luis Fernando Molina y Ociel Castaño en su publicación El burro de oro, Carlos Coriolano Amador, empresario antioqueño del siglo XIX, a los bienes propios sumó varias casas en la calle del comercio (Palacé), un inmenso terreno en lo que después sería Guayaquil. La hacienda Miraflores y otras fincas, casas, carboneras, plantaciones, muebles, ganado y lotes en diferentes municipios.

Aunque a todos les sacó partido con su inagotable olfato empresarial, vale destacar la recuperación que hizo de ese fango inhabitable que era Guayaquil. Mediante drenajes y sofisticadas obras de ingeniería logró hacer del malsano pantanero, siempre anegado por el río, un sitio apto para la construcción, y valorizarlos como a nadie se le había ocurrido. A renglón seguido encargó al arquitecto Carré la edificación de las más modernas plazas de mercado cubierta de la que se tuviera noticia en Colombia.

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