Cuando los templarios querían crear un Estado en Catalunya

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Sant Juan de Acre (actualmente Estado de Israel); 28 de mayo de 1291. Hace 730 años. El ejército de Guillaume de Beaujeu —Gran Maestre de la Orden del Temple— cedía la última plaza de Tierra Santa.

Con el cambio de dominio de Acre, que pasaba a manos de las fuerzas de Al-Aixaraf Khalil —sultán mameluco de Egipto, se ponía punto y final a casi dos siglos de existencia del Reino de Jerusalén (1099-1291), un Estado teocrático cristiano gobernado por las órdenes religiosas-militares y tutelado por los grandes dominios europeos de la época.

La desaparición del Reino de Jerusalén, que había hecho las funciones de plataforma proyectiva europea hacia India y hacia China, no tan solo representó un golpe durísimo para el comercio europeo; sino que, también, provocó el descrédito más absoluto de las hasta entonces prestigiosas órdenes religioso-militares.

El patrimonio templario en Catalunya

Los templarios tenían una larga relación con Catalunya que remontaba al año 1128 (tan solo nuevos años después de su fundación).

A finales de la centuria de 1200, acumulaban un extenso patrimonio que habían reunido, en buena parte, durante la expansión territorial de los condes barceloneses hacia la Catalunya nueva (1026-1149) y hacia el País Valencià (1232-1296). Su destacada participación —al lado del Casal de Barcelona— en aquellas empresas expansivas, los convertiría en grandes propietarios en los valles de los ríos Corb y Francolí; en la plana de Urgell; y en los valles bajos de los ríos Segre y Ebro.

Pero estaría sobre el territorio a caballo entre el Principado y el País Valencià donde reunirían las propiedades más extensas: la franja costera entre el Ebro (Miravet) y la Sierra de Irta (Peñíscola); y la comarca montañosa del Maestrazgo (entre Beseit y la Penyagolosa).

Los maestres templarios catalanes

Francia y Catalunya, en este orden, habían sido los países donde los templarios habían arraigado con más fuerza. De los veintitrés grandes maestres que tuvo la orden, desde su creación (1119) hasta su desaparición (1314); veinte fueron franceses y tres fueron catalanesArnau de Torroja (noveno Gran Maestre, 1181-1184); Guillem d’Erill (duodécimo Gran Maestre, 1194-1200); y Pere de Montagut (decimoquinto Gran Maestre, 1219-1232). Este detalle es muy revelador, porque explica —no solo— la fuerza patrimonial de la rama catalana de la orden, sino también el proyecto que emprenderían poco después de la desaparición del reino de Jerusalén: la creación de un dominio templario independiente —a caballo entre el Principado y el País Valencià— que debía ser la plataforma de lanzamiento de las operaciones militares de reconquista de Tierra Santa.

El Estado templario en Catalunya

Pero entre las posesiones de la franja costera y las montañas del Maestrazgo, había una lengua del territorio formada por el valle del río Millars que impedía la conexión de aquellos dos grandes dominios.

En este punto se produjo una sorprendente operación mercantil que, inicialmente, generó una gran admiración y, posteriormente, despertó muchos recelos. El año 1304, la rama templaria catalana compraba aquella lengua de terreno a los Anglesola; una familia señorial originaria de la plana d’Urgell —e históricamente subordinada al Casal de Barcelona—; que ostentaba su propiedad desde el tiempo de la primera empresa valenciana de Jaime I (1232-1328). Los templarios pagaron por aquella compra la astronómica cifra de 500.000 morabetinos de oro, una auténtica fortuna sólo al alcance de las cancillerías más ricas del continente.

La desconfianza de Barcelona

El proyecto templario encendió todas las alarmas en la cancillería de Barcelona. Porque, si bien era cierto que la rama templaria catalana estaba subordinada al Casal de Barcelona —a través de las complejas relaciones de vasallaje de la época; también lo era que —como demuestra la investigación moderna—, los templarios ambicionaban secretamente la creación de una república teocrática que podría haber alcanzado la plena independencia en el transcurso de las tres o cuatro décadas siguientes.

En definitiva, un nuevo dominio que habría roto la conexión terrestre entre Barcelona y Valencia, las dos grandes ciudades del edificio político catalanoaragonés.

De nada sirvieron las presiones barcelonesas. La rama templaria catalana, decidida a sacar adelante su proyecto, inició las obras de fortificación de la villa de Culla (Alto Maestrazgo), destinada a ser la capital de aquel nuevo Estado.

Jaime II

El conde-rey Jaime II (nieto de Jaime I, el conquistador del País Valencià), y que, curiosamente, había alcanzado el trono de Barcelona el mismo año que el desastre de Acre (1291); activó una durísima ofensiva contra la rama templaria catalana.

La cancillería de Barcelona se mostró escandalizada por la gran inversión templaria, y reprochó públicamente a sus dirigentes no haber empleado este gasto en la defensa de Acre.

Acusaciones que ocultaban un segundo propósito: a la amenaza que podía suponer la creación del Estado templario, se sumó la ambición personal del conde-rey Jaime II; que —con la complicidad de otros soberanos europeos— pretendía unificar las tres principales órdenes religiosas-militares (templarios, hospitalarios, y los del Santo Sepulcro); y ser proclamado Rex Bellator (máxima autoridad política y militar de la nueva institución).

El fin del proyecto templario

El Estado que los templarios habían proyectado, no llegó a culminar. El año 1307 el rey Felipe IV, endeudado hasta las cejas con la banca templaria, decretó la persecución y liquidación de los Pobres Cavallers de Cristo y del Templo de Salomón.

Jaime II —aunque no le faltaban razones— no se sumó a aquella orgía de casquería, pero  los acosó, los encarceló y los confiscó.

A diferencia de lo que pasó en Francia, la cancillería de Barcelona facilitó la huida de los miembros más destacados de la orden.

Y la dispersión del resto. Pero la estructura y los proyectos templarios desaparecerían para siempre. Ni el Estado que los templarios quisieron crear a caballo entre Catalunya y del País Valencià vio la luz; ni el conde-rey Jaime II consiguió ser proclamado “Rex Bellator”.