El Guerrero de Sutton Hoo, el “Tutankamón británico”

La historia de los hallazgos arqueológicos

En el corazón del entierro del barco Sutton Hoo había una cámara rodeada de riquezas de Bizancio y más allá, lo que apunta a la existencia de conexiones internacionales.

El origen del término ‘vikingo’ es incierto, quizás proveniente de palabras en nórdico antiguo para piratas, expediciones marítimas o un área en el sureste de Noruega llamada Viken.  

Una espada de doble filo, como la que se exhibe, era el arma más prestigiosa utilizada por los vikingos, solo disponible para guerreros de alto estatus.  

El descubrimiento

En 1939, Edith Pretty , una terrateniente en Sutton Hoo, Suffolk, le pidió al arqueólogo Basil Brown que investigara el más grande de varios túmulos funerarios anglosajones en su propiedad. En el interior, realizó uno de los descubrimientos arqueológicos más espectaculares de todos los tiempos.

Debajo del montículo estaba la huella de un barco de 27 metros de largo (86 pies). En su centro había una cámara funeraria en ruinas repleta de tesoros: cubiertos bizantinos, suntuosas joyas de oro, un lujoso conjunto de banquete y, lo más famoso, un casco de hierro ornamentado. Este destacado entierro, que data de principios del año 600 d.C., conmemoraba claramente a una figura destacada de East Anglia, el reino anglosajón local. Incluso pudo haber pertenecido a un rey.

El entierro del barco Sutton Hoo proporciona una visión notable de la Inglaterra anglosajona temprana. Revela un lugar de exquisita artesanía y amplias conexiones internacionales, que abarcan Europa y más allá. También muestra que el mundo de los grandes salones, los tesoros relucientes y los formidables guerreros descritos en la poesía anglosajona no era un mito.

Edith Pretty donó los hallazgos al Museo Británico en 1939, y ahora forman una pieza central impresionante para esta galería. El sitio en Sutton Hoo es administrado por National Trust. Visite la  página de National Trust sobre Sutton Hoo(Abre en nueva ventana) Para descubrir mas.

Comenzaron con las primeras luces del día. Los más fuertes de la guardia del rey, con los músculos tensos y las ásperas cuerdas rozándoles, arrastraron el pesado barco de roble desde el río hasta la orilla.

Y luego, con el sol naciente quemando lentamente la fría niebla de la mañana, levantaron la embarcación sobre la llanura, hasta el pie de la colina.

La multitud que se encontraba en la ladera observó en silencio cómo se acercaban a la cima y de ahí al cementerio reservado a los descendientes reales del dios tuerto.

Cuando se introdujo el navío en la zanja preparada para tal fin, depositaron el ajuar funerario en la cámara sepulcral.

Luego se alzó un montículo sobre él. Y allí quedó el barco, anclado en la tierra de la Anglia Oriental, pero viajando a través del tiempo hasta que, trece siglos después, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, un hombre llamado Basil Brown lo descubrió.

Un inconformista de la arqueología

Brown era un hombre de Suffolk que había dejado la escuela a los 12 años. Había sido trabajador agrícola y agente de seguros, pero también había aprendido por su cuenta varios idiomas, astronomía y arqueología.

Ello lo llevó a ser contratado como arqueólogo por el Museo de Ipswich, que a su vez recomendó a Pretty para que lo contratara.

Él comenzó en junio de 1938 a trabajar en algunos de los montículos más pequeños, y encontró pruebas de que habían sido asaltados por ladrones de tumbas, pero también halló un disco de bronce que sugería que podían ser anteriores a la época vikinga.

Cuando empezó a trabajar en el más grande, en el verano de 1939, mientras se acercaban los nubarrones de la guerra, enseguida encontró fragmentos de hierro que identificó como remaches de barco.

Y entonces lo encontró: un asombroso barco de 90 pies (27,4 metros), lo suficientemente grande como para acomodar hasta 20 remeros a cada lado.

La propia madera se había disuelto en el suelo junto con los restos humanos que había, pero quedaba una huella clara: un barco fantasma de más de un milenio de antigüedad.

Se habían hallado otros enterramientos de barcos, pero ninguno de este tamaño.

Antes de este, el barco más grande descubierto era una embarcación vikinga de 78 pies (23,8 m), hallada en Noruega en 1880.

Debido a hallazgos anteriores en otros lugares, Brown sabía que podía haber un cargamento de objetos en honor a los muertos, y el 14 de junio encontró lo que creía que podía ser la cámara funeraria: una estructura de madera parecida a una cabaña, ahora desintegrada, que se había construido en el centro del barco.

Pero los responsables del Museo Británico y de la Universidad de Cambridge ya se habían enterado de su gran hallazgo y, apenas unos días después, se entrometieron.

Antes de que pudiera seguir explorando, fue marginado y relegado a labores básicas.

Los profesionales no podían permitir que un hombre local, un simple aficionado, se dedicara a esa tarea.

¿Por qué habrían de dejarle? ¡El tipo ni siquiera tenía un título!

Trajeron entonces un equipo de arqueólogos y fue uno de ellos, Peggy Piggott, quien, el 21 de julio, apenas dos días después de su llegada, encontró la primera pieza de oro.

Luego encontró otra. Y en poco tiempo habían descubierto un brillante botín de más de 250 objetos para los que la expresión “tesoro escondido” se quedaba corta.

Había vasijas para banquetes y cuernos para beber. Elaboradas joyas. Una lira y un cetro, una espada, piedras originarias de Asia, platería de Bizancio y monedas de Francia (que ayudaron a datar el tesoro).

Había una hebilla de oro grabada con serpientes y bestias entrelazadas, una pieza tan extraordinaria que el conservador de las antigüedades medievales del Museo Británico casi se desmayó al verla.

Había broches y cinturones de joyas, un maravilloso casco ornamentado y con una máscara completa: el inquietante rostro de algún antiguo héroe que parece observar a través de los siglos.

Lo que significó el descubrimiento

El hallazgo de Brown hizo que se reescribieran, literalmente, los libros de historia.

El barco y su contenido pertenecían a la Edad Media, y el descubrimiento iluminó esos cuatro siglos entre la partida de los romanos y la llegada de los vikingos, un periodo del que se sabía muy poco.

Los anglosajones que gobernaban los distintos reinos de Inglaterra durante esta época habían sido considerados un pueblo rudo y atrasado -casi primitivo-, pero allí había objetos de gran belleza y exquisita factura.

Se trataba de una sociedad que valoraba la pericia, la artesanía y el arte; y que comerciaba con Europa y más allá.

Y estas reliquias de una civilización sofisticada y perdida aparecieron justo cuando la Británica estaba amenazada de desaparición por los nazis.

El líder de los arqueólogos dio un discurso a los visitantes del lugar, y tuvo que gritar para que se le oyera por encima del rugido de un Spitfire [un avión de guerra].

EMBARGOED TO 0001 MONDAY AUGUST 5 Detail of a shield, believed to have belonged to King Raedwald of East Anglia, on display in the new exhibition at the National Trust’s Sutton Hoo site in Suffolk, following a ??4m revamp.

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